Voy, vengo, camino las calles de la ciudad en mis tennis fuscia favoritos, me debato entre la automotivación y la rutina en el empleo, es infaltable una copa de vino tinto con brochetas de fresas y chocolatina un viernes en la noche, me inscribo en esa clase de fit combat a la que tantas ganas le tenía, salto, corro, bailo, viajo. No hay rastros de dolor, no hay agotamiento, ni catástrofes sanguinolentas, no mas panty-pañal, la menstruación es una maravilla de la naturaleza. Read Full Article

Una cegadora oscuridad, sin enfermeros entrando y saliendo a lo largo de toda la noche y un silencio agradable, placentero, fecundo. Las sábanas hechas de algodón puro, suaves, delicadas y en tono pastel que me abrazaban, tenían la tibieza ideal, la almohada se deformaba en mi cabeza como diciendo “te estaba esperando”. Este sencillo conjunto de cosas, hacían deleitarme en el hecho de que estaba en casa.

 Aun cuando el dolor se las arreglaba para hacerme pensar que algo pudiera estar mal, una especie de cumbre de emociones me adentraban en un estado sedante, era el tranquilizante mas efectivo.

 De repente me descubrí a mi misma, acostada en la cama de mi querido apartamento de soltera, sufriendo el dolor profundo y punzante en el vientre y sangrando copiosamente, con toda la vida anclada a la maxi toalla higiénica. Read Full Article

La nublada mañana de invierno adornaba la bonita ciudad, me he despertado feliz por haber logrado una hora más de sueño a pesar de la rutina de enfermería, puse mi pie derecho en el piso, mi acompañante de turno, mi hermana, estaba despierta y atenta para ayudarme a caminar con el dispendioso dispositivo conectado a mis venas, llegué hasta el baño y confirmé que estaba caminando erguida.

Caminé derecha y este era el principal indicador de estar cerca a mi libertad, me estaba desprendiendo del dolor que me mantenía encorvada, inclinada hacía el, como haciendo reverencia, para que hiciera conmigo todo lo que se le antojara, no más sumisión, el cambio de antibiótico me alistaba para liberarme y para calificar de nuevo el dolor que estaba sintiendo de un intenso 9 a un tolerable 2. Read Full Article

Cae el atardecer del día 10 de la hospitalización, los finos rayos de sol se cuelan por la pequeñísima y única ventana de la habitación causan una sensación de bienestar que no puedo explicar, doy un vistazo a En diciembre llegaban las brisas de Marvel Moreno, escritora barranquillera*, no me concentro, mi mente está anclada en saber si la infección ha disminuido. Read Full Article

Esa noche, todos en la habitación éramos conscientes que el balance era: 7 días sin mejoría. Los resultados de los exámenes estaban cada vez mas alterados, era claro que la infección avanzaba y el antibiótico no había hecho efecto alguno.

El médico de turno con cara de esmero nos habló de todo lo que ha involucrado el tratamiento e hizo énfasis en  que era momento de remitirme a otro nivel de salud, mi respuesta fue:

––Por favor remítame.

––Tu respuesta me indica que ésta es la decisión correcta, te vas a un tercer nivel de salud. Respondió el doctor.

Lloré amargamente, eran sollozos fuertes que se apoderaban de mí, pero me  negaban el privilegio del desahogo, era un llanto que no se alcanzaba a  escuchar, mas era un amargo lamento, moví mi cuerpo al sollozar y no me importaba llegar a lastimar el frágil y adolorido vientre. La frustración de haber pasado 7 días en tratamiento sin cura, sin mejoría y con el riesgo inminente de perder el útero se apoderó del momento. Read Full Article